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Leyendas - Las aventuras de Iktomi |
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Las aventuras de Iktomi
Había vivido en la Tierra de¡ Cielo hasta que provocó tales discordias entre el Sol y la Luna que Skan, el Señor de la Tierra del Ciclo, le desterró a la Tierra. Los indios decían que fue lktomi quien trajo al mundo todas las cosas malas y quien enseñó a los hombres a mentir y a robar. lktomi cometía fecharías por donde iba. Un día se encontró al Conejo que iba de caza. El Conejo iba espléndidamente ataviado con un traje de piel blanca de gamo y llevaba sobre los hombros una capa de piel de mapache que provocó la envidia de lktomi. Se sentó a un lado del camino y fingió llorar. -¡Qué hambre tengo! -gemía-. No he comido nada en varios días. Hay un faisán en lo alto de ese árbol, pero no tengo armas. ¿Qué puedo hacer? El Conejo era un tipo amable. Sacó una flecha de su carcaj y se la disparó al faisán, matándolo al instante. El ave cayó de la rama y quedó en otra rama más baja. -¡Qué hábil eres! -gritó lktomi, secándose las lágrimas-. ¿Podrías trepar y cogerlo? Yo tengo una pierna herida, y temo que el dolor me lo impida. Pero espera un momento -añadió al ver que el Conejo se acercaba al árbol-. Procura no estropearte esa ropa tan magnífica. Deja que yo te la sostenga mientras trepas. El Conejo se quitó la camisa y la capa, como le decía lktomi y trepó al árbol. lktomi esperó abajo, indicándole el mejor modo de trepar. Como resultado de sus orientaciones, el Conejo se encontró pronto atascado entre dos ramas. -¡Eh! -gritó-. Parece que me he atascado. ¿Puedes ayudarme a bajar? lktomi se echó a reír, diciendo: -No sé cómo podría ayudarte. Tendrás que quedarte ahí. Pero sería una pena desaprovechar estas magníficas ropas. Y diciendo esto se puso la camisa del Conejo. -¿Qué haces? -gritó éste, luchando con todas sus fuerzas para soltarse, pero sin conseguir más que atascarse aún más fuerte. lktomi, despreocupadamente, se puso la capa de mapache por los hombros y se despidió, abandonando al Conejo, que le gritaba indignado. Un poco más adelante, lktomi se encontró el camino cortado por un río ancho y de corriente rápida. Viendo que por encima volaba el Halcón, se sentó de nuevo y fingió llorar otra vez. El Halcón se posó a su lado y le preguntó qué le pasaba. Al enterarse de que lktomi quería cruzar el río, dijo-. -Eso no es problema. Súbete a mi lomo y te llevaré al otro lado. lktomi se sentó a lomos del Halcón y éste se elevó en el aire. "¡Qué tontos son estos animales! -se dijo lktomi con satisfacción-. Puedo conseguir que hagan lo que sea por mí. " En su arrogancia, empezó a burlarse del Halcón a sus espaldas, arrugando la nariz y sacándole la lengua. El Halcón, por supuesto, no se daba cuenta de nada. lktomi se volvió más atrevido y empezó a chasquear los dedos sobre la cabeza del Halcón. Para los indios, éste es un gesto muy insultante, e lktomi sólo se atrevía a hacerlo porque pensaba que el Halcón no podía verle. Por desgracia para él, ya habían cegado al otro lado del río. El sol proyectaba sus sombras, largas y bien definidas, sobre el Suelo, y el Halcón, al mirar hacia abajo, vio lo que estaba haciendo lktomi. "¡Qué bribón!", se dijo el Halcón, y empezó a pensar un modo de librarse de su desagradecido pasajero. Al ver un viejo árbol hueco, tuvo una idea y se lanzó en picado sobre él. Cuando pasaba sobre el árbol, torció de golpe el cuerpo, lanzando al desprevenido lktomi al agujero. Aunque dentro del árbol había sitio suficiente para ponerse de pie y moverse, era muy difícil escapar, porque las paredes del tronco estaban muy lisas y resbaladizas. Estaba atrapado. De pronto, oyó un murmullo de voces. Mirando a través de un pequeño orificio del tronco, vio a dos mujeres que recogían leña. Inmediatamente se despertó su instinto marrullero. La capa de piel de mapache aún tenía la cola. lktomi la hizo pasar por el agujero y la sacudió arriba y abajo. Al mismo tiempo, cantaba en voz alta: -¡Aquí estoy, soy un mapache gordo! ¡aquí estoy, soy un mapache gordo! Sacó la cola de mapache del agujero y miró de nuevo para ver que ocurría. Las mujeres miraban al árbol boquiabiertas. -Creo que hay un mapache dentro del árbol -dijo una de ellas-. He visto su cola hace un momento. -¡Hay que cogerle! -dijo la otra-. La grasa de mapache es de lo mejor que hay para curtir pieles. Las mujeres empezaron a golpear el tronco con sus hachas. Como el árbol estaba muerto y semi podrido, no tardaron mucho en derribarlo. lktomi permaneció dentro del tronco hueco, en parte porque quería seguir burlándose de las mujeres, y en parte porque se sentía un poco avergonzado de haberse dejado atrapar de manera tan indigna. Una vez más, sacó la cola de mapache por el agujero. -Aún está ahí -oyó que decía una de las mujeres-. ¿Cómo vamos a sacarlo? -¡Haced fuego! -respondió el propio lktomi-. ¡Ahumadme para que salga! -¡Claro! -exclamaron las mujeres-. ¡Qué buena idea! . Las dos volvieron corriendo al campamento para coger algunas ramas encendidas de la hoguera. En cuanto se hubieron ido, lktomi salió del tronco y se adentró en el bosque, riéndose de su propia astucia. , Algo más tarde, pasaba por un claro del bosque y oyó música. Al principio, no vio nada. Luego encontró una calavera de bisonte caída al pie de un árbol. Se agachó y miró a través de las cuencas de los ojos. En el interior del cráneo se celebraba una fiesta de ratones. Estos iban vestidos con sus - ropas más espléndidas, tocando minúsculos tambores y flautas hechas de briznas de hierba. Cuanto más miraba la alegre escena y escuchaba la música, más ganas le entraban a lktomi de unirse a la fiesta. La cabeza se le movía al ritmo de la música y los pies se le echaban a bailar. -¡Hermanitos! -gritó-. ¡Dejadme entrar! ¡Quiero participar en vuestro baile! Pero los ratones cantaban y gritaban tan fuerte que no le oían. "Entraré de todas formas", se dijo lktomi. Y metió la cabeza por la parte trasera del cráneo. Pero un ratón gritó: -¡Cuidado! ¡Es lktomi! Y todos huyeron aterrorizados. lktomi quedó solo y abandonado. Y lo peor es que el cráneo de bisonte se le había encajado y no podía sacárselo. Tiró de él y le dio vueltas, y lo golpeó contra el suelo hasta que le dolió la cabeza, pero sin ningún -resultado. De pronto, oyó unas risitas cerca y miró a su alrededor. El Conejo le miraba, apoyado tranquilamente en un árbol. -¡Conejo! -exclamó lktomi, dando palmadas-. ¡Qué alegría verte! ¡Ahora mismo iba a devolverte tu camisa! -vio que el Conejo levantaba las cejas con incredulidad, y continuó en tono escandalizado. - ¿No creerías que te iba a dejar en aquel árbol? Era sólo una broma. -Supongo que ahora querrás que te ayude -dijo el Conejo secamente-. ¿Prometes devolverme mi camisa y mi capa si te libro de ese cráneo? -¡Claro que sí, Conejo! ¡Te daré lo que quieras! No tienes más que pedirlo. El conejo cogió una piedra grande y golpeó la calavera de búfalo con tal fuerza que la partió en dos. lktomi cayó al suelo, agarrándose la magullada cabeza. ahora, dame mi camisa, por favor -dijo el Conejo muy serio. lktomi le miró de reojo. Ahora que estaba libre no se sentía tan dispuesto a devolverle sus ropas al Conejo. -Hagamos una competición -propuso-. El que mate mayor número de águilas se queda con la camisa y la capa. Pero esta vez lktomi se había pasado de listo. Había olvidado lo hábil que era el Conejo con el arco y la flecha. Pasaron toda la tarde cazando águilas, y todas las flechas de Conejo dieron en el blanco. lktomi, en cambio, no acertó ni una. Al terminar el día había perdido todas sus flechas y no había cazado ni un águila. Por fin, avergonzado, admitió su derrota y le devolvió al Consejo su camisa y su capa. El Conejo, jubiloso, cogió su tambor y se puso a cantar y bailar para celebrar su triunfo. A lktomi aún le dolía la cabeza por el cráneo del bisonte, y cada golpe de tambor le resonaba como un trueno y le hacía saltar cada vez más alto, hasta que saltó por encima de los árboles y se perdió de vista. Por supuesto, no terminaron aquí las argucias de Iktomi. Podéis estar seguros de que, allí donde llegara, seguía ocasionando problemas a todo el que se encontró con él.
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